AMNESIA Y MEMORIA POLITICA

marzo 20th, 2010

Hace un tiempo atrás, justo en una similar época preelectoral, un reconocido y respetado personaje recibió visita de varios notables ciudadanos, quienes muy entusiasmados le propusieron o mejor dicho le ofrecieron ser candidato a un cargo público.
El grupo que lo respaldaba era numeroso y variado, las palabras y encendidos discursos resaltaban las cualidades y virtudes del potencial candidato, por cierto todos esperaban y daban por descontado una respuesta afirmativa. Nuestro personaje tubo la paciencia de escuchar callado y sereno las proclamas y arengas que se lanzaban en su nombre y en lo que podría ser una victoria electoral.
Cuando llego le momento de intervenir, su voz fría y pausada se dejo escuchar: “Porque quiero seguir siendo la persona buena que ustedes han mencionado, no puedo aceptar. Amigos quiero seguir siendo honrado, no puedo dedicarme a la política. Así que tienen que buscarse otro candidato”. La comitiva se retiro desalentada y pensando en las palabras de su frustrado candidato.
Tras esta anécdota, nos ponemos a pensar ¿Por qué muchas personas notables y valiosas, se resisten o tienen muchos reparos para incursionar en la actividad política? La repuesta salta a la vista, una de las actividades más desprestigiadas en el Perú es la política. Cuando uno quiere nombrar a políticos respetables y honorables los dedos de una sola mano resultan demasiados. Si por el contrario, se tratara de citar a políticos con antecedentes negativos, sería como hacer un censo que demoraría muchas horas.
La política de nuestros días esta tan desacreditada, que todo indica que el único lugar reservado para la ética, la moral y los valores son los discursos y las buenas intenciones. El ámbito de la política, que aparte de buscar el “bien común”, es decir las buenas intenciones del político, implica ingresar a un complejo escenario donde negociar, decidir y hasta falsear la verdad, son prácticas frecuentes. Eso es un lugar común, pero lo que llama la atención, ¿Por qué en el Perú, los políticos recibieron la confianza en los electores y la defraudaron continúan vigentes?
Para ponerlo en blanco y negro, en 1990 Alan García termino un gobierno desastroso acumulando innumerables cargos de corrupción y violación de DDHH, todos ellos ya prescritos. Alan García no obstante ser uno de los políticos más desprestigiados del Perú, en el 2006 regreso por la puerta grande a palacio de gobierno gracias a la decisión soberana de los peruanos y se atreve a soñar con un tercer periodo el 2016. El disipado ex presidente Alejandro Toledo, incumplió la mayoría de sus promesas electorales, su gobierno se caracterizo por la frivolidad y los escándalos, no obstante ello, las encuestas para las presidenciales del 2011, lo colocan en un lugar expectante. Peor aún, el sentenciado ex presidente Alberto Fujimori, con todo un prontuario de corrupción y violación de DDHH, desde su prisión tiene la capacidad endosarle su respaldo electoral a su hija Keiko Fujimori para ponerla en la puerta de la llamada casa de Pizarro.

Para confirmar que “en la política peruana no hay muertos”, aquí cerca esta el resucitado Luis Cáceres Velásquez encabezando las encuestas que lo dan como favorito para convertirse otra vez en alcalde de Arequipa, sus desvaríos y transfuguismo es cosa del pasado.
En el ámbito local es evidente que no ha habido una renovación de los políticos. Son los mismos de siempre los afanados en postular o ratificarse en un cargo público. Todos ellos confían que los peruanos y puneños en cuanto a política se refiere, padecen de amnesia colectiva, van a olvidar sus “chanchullos”, sus escándalos y sus denuncias.
Ellos no son los únicos causantes de la devaluación de la actividad política, tiene su cuota de culpabilidad, aquellos como el de nuestro relato inicial que por temor y egoísmo personal se abstienen de “contaminarse” con la política y vivir en su getho privado.
Sobretodo somos responsables, todos los desmemoriados peruanos Y puneños, que olvidamos con facilidad los yerros, errores y horrores que cometen nuestros gobernantes. Siempre estamos buscando el “mal menor”, creyendo cándidamente e ingenuamente en arrepentimientos y nuevas promesas.
Un pueblo desmemoriado es un pueblo irremediablemente perdido. Incapaz de reconciliarse consigo mismo frente al espejo roto de su historia, se equivoca todo el tiempo, y sus errores son su mayor escarnio
La memoria fortalece a pueblos ayuda a consolidar su identidad y les impide perecer por completo. Los pueblos grandes y nobles nunca olvidan: la memoria es un signo de fortaleza; el olvido, de debilidad. Sólo los pueblos débiles son dados a olvidar.
Un pueblo que olvida y que termina rehabilitando y dando “segundas oportunidades” a quienes traicionaron su confianza es merecedor de todo: de desgracias, de sangre y lágrimas, de burla y desprecio, y aun de bochornosas reelecciones y retornos al poder. ¿Nos volverá a suceder?